Semana 11
Descolonización
La descolonización es el proceso de liquidación del sistema colonial en el mundo y la
creación de estados independientes en los antiguos territorios dependientes.
Las principales causas que permitieron la emancipación de las antiguas colonias y la
formación de nuevos estados independientes fueron:
• La debilidad de las potencias europeas tras la Segunda Guerra Mundial
• El desarrollo de movimientos nacionalistas entre las minorías indígenas
occidentalizadas de las colonias.
• La actitud favorable hacia la descolonización por parte de las dos grandes
potencias mundiales, Estados Unidos y la URSS.
• La proclamación por parte de la ONU del derecho de autodeterminación de
todos los pueblos (derecho reconocido a un pueblo para elegir por sí mismo su
futuro político).
Desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial hasta mediados de la década de
1960, la mayoría de las colonias se independizaron. El proceso de emancipación fue
pacífico en algunos casos, pero en otros se alcanzó después de violentas guerras entre
las colonias y sus metrópolis.
Semana 8
El llano en llamas
Juan Rulfo
Ya mataron a la perra, pero quedan los perritos
Corrido popular.
Corrido popular.
"¡VIVA Petronilo Flores!" El grito se vino rebotando por los paredones de la barranca y subió hasta donde estábamos nosotros. Luego se deshizo.
Por un rato, el viento que soplaba desde abajo nos trajo un tumulto de voces amontonadas, haciendo un ruido igual al que hace el agua crecida cuando rueda sobre pedregales.
En seguida, saliendo de allá mismo, otro grito torció por el recodo de la barranca, volvió a rebotar en los paredones y llegó todavía con fuerza junto a nosotros:
"¡ Viva mi general Petronilo Flores!" Nosotros nos miramos .La Perra se levantó despacio, quitó el cartucho a la carga de su carabina y se lo guardó en la bolsa de la camisa. Después se arrimó a donde estaban. Los cuatro y les dijo: "Síganme, muchachos, vamos a ver qué toritos toreamos!" Los cuatro hermanos Benavides se fueron detrás de él, agachados; solamente la Perra iba bien tieso, asomando la mitad de su cuerpo flaco por encima de la cerca.
Nosotros seguimos allí, sin movernos. Estábamos alineados al pie del lienzo, tirados panza arriba, como iguanas calentándose al sol.
La cerca de piedra culebreaba mucho al subir y bajar por las lomas, y ellos, la Perra y los Cuatro, iban también culebreando como si fueran los pies trabados. Así los vimos perderse de nuestros ojos. Luego volvimos la cara para poder ver otra vez hacia arriba y miramos las ramas bajas de los amoles que nos daban tantita sombra. Olía a eso; a sombra recalentada por el sol. A amoles podridos.
Se sentía el sueño del mediodía.
La boruca que venía de allá abajo se salía a cada rato de la barranca y nos sacudía el cuerpo para que no nos durmiéramos. Y aunque queríamos oír parando bien la oreja, sólo nos llegaba la boruca: un remolino de murmullos, como si se estuviera oyendo de muy lejos el rumor que hacen las carretas al pasar por un callejón pedregoso.
De repente sonó un tiro. Lo repitió la barranca como si estuviera derrumbándose. Eso hizo que las cosas despertaran: volaron los totochilos, esos pájaros colorados que habíamos estado viendo jugar entre los amole s. En seguida las chicharras, que se habían dormido a ras del mediodía, también despertaron llenando la tierra de rechinidos. -¿Qué fue? - preguntó Pedro Zamora, todavía medio amodorrado por la siesta.
Entonces el Chihuila se levantó y, arrastrando su carabina como si fuera un leño, se encaminó detrás de los que se habían ido.
- Voy a ver qué fue lo que fue - dijo perdiéndose también como los otros.
El chirriar de las chicharras aumentó de tal modo que nos dejó sordos y no nos dimos cuenta de la hora en que ellos aparecieron por allí. Cuando menos acordamos aquí estaban ya, mero enfrente de nosotros, todos desguarnecidos. Parecían ir de paso, ajuareados para otros apuros y no para éste de ahorita.
Nos dimos vuelta y los miramos por la mira de las troneras. Pasaron los primeros, luego los segundos y otros más, con el cuerpo echado para adelante, jorobados de sueño. Les relumbraba la cara de sudor, como si la hubieran zambullido en el agua al pasar por el arroyo.
Siguieron pasando.
Llegó la señal. Se oyó un chiflido largo y comenzó la tracatera allá lejos, por donde se había ido la Perra. Luego siguió aquí. Fue fácil. Casi tapaban el agujero de las troneras con su bulto, de modo que aquello era como tirarles a boca de jarro y hacerles pegar tamaño respingo de la vida a la muerte sin que apenas se dieran cuenta.
Pero esto duró muy poquito. Si acaso la primera y la segunda descarga. Pronto quedó vacío el hueco de la tronera por donde, asomándose uno, sólo se veía a los que estaban acostados en mitad del camino, medio torcidos, como si alguien los hubiera venido a tirar allí. Los vivos desaparecieron. Después volvieron a aparecer, pero por lo pronto ya no estaban allí. Para la siguiente descarga tuvimos que esperar. Alguno de nosotros gritó: "¡Viva Pedro Zamora !" Del otro lado respondieron, casi en secreto: "¡Sálvame patroncito!¡Sálvame!¡Santo Niño de Atocha, socórreme!" 'Pasaron los pájaros. Bandadas de tordos cruzaron por encima de nosotros hacia los cerros.
La tercera descarga nos llegó por detrás. Brotó de ellos, haciéndonos brincar hasta el otro lado de la cerca, hasta más allá de los muertos que nosotros habíamos matado.
Luego comenzó la corretiza por entre los matorrales. Sentíamos las balas pajueleándonos los talones, como si hubiéramos caído sobre un enjambre de chapulines. Y de vez en cuando, y cada vez más seguido, pegando mero en medio de alguno de nosotros, que se quebraba con un crujido de huesos. Corrimos. Llegamos al borde de la barranca y nos dejamos descolgar por allí como si nos despeñáramos.
Ellos seguían disparando. Siguieron disparando todavía después que habíamos subido hasta el otro lado, a gatas, como tejones espantados por la lumbre.
"¡Viva mi general Petronilo Flores, hijos de la tal por cual!", nos gritaron otra vez. Y el grito se fue rebotando como el trueno de una tormenta, barranca abajo.
Nos quedamos agazapados detrás de unas piedras grandes y boludas, todavía resollando fuerte por la carrera. Solamente mirábamos a Pedro Zamora preguntándole con los ojos qué era lo que nos había pasado. Pero él también nos miraba sin decirnos nada. Era como si se nos hubiera acabado el habla a todos o como si la lengua se nos hubiera hecho bola como la de los pericos y nos costara trabajo soltarla para que dijera algo. Pedro Zamora noslseguía mirando. Estaba haciendo sus cuentas con los ojos; con aquellos ojos que él tenía, todos enrojecidos, como si los trajera siempre desvelados. Nos contaba de uno en uno. Sabía ya cuántos éramos los que estábamos allí, pero parecía no estar seguro todavía, por eso nos repasaba una vez y otra y otra.
Faltaban algunos: once o doce, sin contar a la Perra y al Chihuila a los que habían arrendado con ellos. El Chihuila bien pudiera ser que estuviera horquetado arriba de algún amole, acostado sobre su retrocarga, aguardando a que se fueran los federales.
Los Joseses, los dos hijos de la Perra, fueron los primeros en levantar la cabeza, luego el cuerpo. Por fin caminaron de un lado a otro esperando que Pedro Zamora les dijera algo. Y dijo: Otro agarre como éste y nos acaban.
En seguida, atragantándose como si tragara un buche de coraje, les gritóa los Joseses:
-¡Ya sé que falta su padre, pero aguántense, aguántense tantito! Iremos por él! Una bala disparada de allá hizo volar una parvada de tildíos en la ladera de enfrente. Los pájaros cayeron sobre la barranca y revolotearon hasta cerca de nosotros; luego, al vernos, se asustaron, dieron media vuelta relumbrando contra el sol y volvieron a llenar de gritos los árboles de la ladera de enfrente.
Los Joseses volvieron al lugar de antes y se acuclillaron en silencio.
Así estuvimos toda la tarde. Cuando empezó a bajar la noche llegó el Chihuila acompañado de uno de los Cuatro. Nos dijeron que venían de allá abajo, de la Piedra Lisa, pero no supieron decirnos si ya se habían retirado los federales. Lo cierto es que todo parecía estar en calma. De vez en cuando se oían los aullidos de los coyotes. -¡Epa tú, Pichón.! -me dijo Pedro Zamora-. Te voy a dar la encomienda de que vayas con los Joseses hasta Piedra Lisa y vean a ver qué le pasó a la Perra. Si está muerto, pos entiérrenlo. Y hagan lo mismo con los otros. A los heridos déjenlos encima de algo para que los vean los guachos; pero no se traigan a nadie.
-Eso haremos.
Y nos fuimos.
Los coyotes se oían más cerquita cuando llegamos al corral donde habíamos encerrado la caballada.
Ya no había caballos, sólo estaba un burro trasijado que ya vivía allí desde antes que nosotros viniéramos. De seguro los federales habían cargado con los caballos. Encontramos al resto de los Cuatro detrasito de unos matojos, los tres juntos, encaramados uno encima de otro como si los hubieran apilado allí. Les alzamos la cabeza y se la zangoloteamos un poquito para ver si alguno daba todavía señales; pero no, ya estaban bien difuntos. En el aguaje estaba otro de los nuestros con las costillas de fuera como si lo hubieran macheteado. Y recorriendo el lienzo de arriba abajo encontramos uno aquí y otro más allá, casi todos con la cara renegrida.
- A éstos los remataron, no tiene ni qué -dijo uno delos Joseses.
Nos pusimos a buscar a la Perra; a no hacer caso de ningún otro sino de encontrar a la mentada Perra.
No dimos con él. "Se lo han de haber llevado -pensamos-. Se lo han de haber llevado para enseñárselo al gobierno"; pero, aun así seguimos buscando por todas partes, entre el rastrojo'. Los coyotes seguían aullando.
Siguieron aullando toda la noche.
Pocos días después, en el Armería, al ir pasando el río, nos volvimos a encontrar con Petronilo Flores. Dimos marcha atrás, pero ya era tarde. Fue como si nos fusilaran. Pedro Zamora pasó por delante haciendo galopar aquel macho barcino y chaparrito que era el mejor animal que yo había conocido. Y detrás de él, nosotros, en manada, agachados sobre el pescuezo de los caballos. De todos modos la matazón fue grande. No me di cuenta de pronto porque me hundí en el río debajo de mi caballo muerto, y la corriente nos arrastró a los dos, lejos, hasta un remanso bajito de agua y lleno de arena. Aquél fue el último agarre que tuvimos con las fuerzas de Petronilo Flores. Después ya no peleamos. Para decir mejor las cosas, ya teníamos algún tiempo sin pelear, sólo de andar huyendo el bulto; por eso resolvimos remontarnos los pocos que quedamos, echándonos al cerro para escondernos de la persecución. Y acabamos por ser unos grupitos tan ralos que ya nadie nos tenía miedo. Ya nadie corría gritando: "¡Allí vienen los de Zamora!" Había vuelto la paz al Llano Grande.
Pero no por mucho tiempo.
Hacía cosa de ocho meses que estábamos escondidos en el escondrijo del Cañón del Tozín, allí donde el río Armería se encajona durante muchas horas para dejarse caer sobre la costa. Esperábamos dejar pasar los años para luego volver al mundo', cuando ya nadie se acordara de nosotros. Habíamos comenzado a criar gallinas y de vez en cuando subíamos a la sierra en busca de venados. Eramos cinco, casi cuatro, porque a uno delos Joseses se le había gangrenado una pierna por el balazo que le dieron abajito de la nalga, allá, cuando nos balacearon por detrás. Estábamos allí, empezando a sentir que ya no servíamos para nada. Y de no saber que nos colgarían a todos, hubiéramos ido a pacificarnos.
Pero en eso apareció un tal Armancio Alcalá, que era el que le hacía los recados y las cartas a Pedro Zamora.
Fue de mañanita, mientras nos ocupábamos en destazar una vaca, cuando oímos el pitido del cuerno. Venía de muy lejos, por el rumbo del Llano. Pasado un rato volvió a oírse. Era como el bramido de un toro: primero agudo, luego ronco, luego otra vez agudo. El eco lo alargaba más y más y lo traía aquí cerca, hasta que el ronroneo del río lo apagaba.
Y ya estaba para salir el sol, cuando el tal Alcalá se dejó ver asomándose por entre los sabinos. Traía terciadas dos carrilleras con cartuchos del "44" y en las ancas de su caballo venía atravesado un montón de rifles como si fuera una maleta. Se apeó del macho. Nos repartió las carabinas y volvió a hacer la maleta con las que le sobraban".
- Si no tienen nada urgente que hacer de hoy a mañana, pónganse listos para salir a San Buenaventura. Allí los está aguardando Pedro Zamora. En mientras', yo voy un poquito más abajo a buscar a los Zanates. Luego volveré. Al día siguiente volvió, ya de atardecida. Y sí, con él venían los Zanates. Se les veía la cara prieta entre el pardear de la tarde. También venían otros tres que no conocíamos.
-En el camino conseguiremos caballos-nos dijo. Y lo seguimos.
Desde mucho antes de llegar a San Buenaventura nos dimos cuenta de que los ranchos estaban ardiendo. De las trojes de la hacienda se alzaba más alta la llamarada, como si estuviera quemándose un charco de aguarrás. Las chispas volaban y se hacían rosca en la oscuridad del cielo formando grandes nubes alumbradas. Seguimos caminando de frente, encandilados por la luminaria de San Buenaventura, como si algo nos dijera que nuestro trabajo era estar allí, para acabar con lo que quedara.
Pero no habíamos alcanzado a llegar cuando encontramos a los primeros de a caballo que venían al trote, con la soga morreada en la cabeza de la silla y tirando, unos, de hombres pialados que, en ratos, todavía caminaban sobre sus manos, y otros, de hombres a los que ya se les habían caído las manos y traían descolgada la cabeza. Los miramos pasar. Más atrás venían Pedro Zamora y mucha gente a caballo. Mucha más gente que nunca. Nos dio gusto.
Daba gusto mirar aquella larga fila de hombres cruzando el Llano Grande otra vez, como en los tiempos buenos. Como al principio, cuando nos habíamos levantado de la tierra como huizapoles maduros aventados por el viento, para llenar de terror todos los alrededores del Llano. Hubo un tiempo que así fue. Y ahora parecía volver. De allí nos encaminamos hacia San Pedro. Le prendimos fuego y luego la emprendimos rumbo al Petacal. Era la época en que el maíz ya estaba por pizcarse y las milpas se veían secas y dobladas por los ventarrones que soplan por este tiempo sobre el Llano. Así que se veía muy bonito ver caminar el fuego en los potreros; ver hecho una pura brasa casi todo el Llano en la quemazón aquella, con el humo ondulado por arriba; aquel humo oloroso a carrizo y a miel, porque la lumbre había llegado también a los cañaverales.
Y de entre el humo íbamos saliendo nosotros, como espantajos, con la cara tiznada, arreando ganado de aquí y de allá para juntarlo en algún lugar y quitarle el pellejo. Ese era ahora nuestro negocio: los cueros de ganado.
Porque, como nos dijo Pedro Zamora: "Esta revolución la vamos a hacer con el dinero de los ricos. Ellos pagarán las armas y los gastos que cueste esta revolución que estamos haciendo. Y aunque no tenemos por ahorita ninguna bandera por qué pelear, debemos apurarnos a amontonar dinero, para que cuando vengan las tropas del gobierno vean que somos poderosos." Eso nos dijo. Y cuando al fin volvieron las tropas, se soltaron matándonos otra vez como antes, aunque no con la misma facilidad. Ahora se veía a leguas que nos tenían miedo.
Pero nosotros también les teníamos miedo. Era de verse cómo se nos atoraban los güevos en el pescuezo con sólo oír el ruido que hacían sus guarniciones o las pezuñas de sus caballos al golpear las piedras de algún camino, donde estábamos esperando para tenderles una emboscada. Al verlos pasar, casi sentíamos que nos miraban de reojo y como diciendo: "Ya los venteamos, nomás nos estamos haciendo disimulados." Y así parecía ser, porque de buenas a primeras se echaban sobre el suelo, afortinados detrás de sus caballos y nos resistían allí hasta que otros nos iban cercando poquito a poco, agarrándonos como a gallinas acorraladas. Desde entonces supimos que a ese paso no íbamos a durar mucho, aunque éramos muchos. Cuando los vivos comenzaron a salir de entre las astillas de los carros, nosotros nos retiramos de allí, acalambrados de miedo.
Estuvimos escondidos varios días; pero los federales nos fueron a sacar de nuestro escondite. Ya no nos dieron paz; ni siquiera para mascar un pedazo de cecina en paz. Hicieron que se nos acabaran las horas de dormir y de comer, y que los días y las noches fueran iguales para nosotros. Quisimos llegar al Cañón del Tozín; pero el gobierno llegó primero que nosotros. Faldeamos el volcán. Subimos a los montes más altos y allí, en ese lugar que le dicen el Camino de Dios, encontramos otra vez al gobierno tirando a matar. Sentíamos cómo bajaban las balas sobre nosotros, en rachas apretadas, calentando el aire que nos rodeaba. Y hasta las piedras detrás de las que nos escondíamos se hacían trizas una tras otra como si fueran terrones. Después supimos que eran ametralladoras aquellas carabinas con que disparaban ahora sobre nosotros y que dejaban hecho una coladera el cuerpo de uno; pero entonces creímos que eran muchos soldados, por miles, y todo lo que queríamos era correr de ellos.
Citas:
grandes han una violenta Los oposición de parte de espíritus siempre mentes mediocres encontrado.
Albert Einstein
las y amor alas de Ambición las grandes son acciones.
Johann Wolfang Von Goethe
Los crezca mi mucho crezca niño, no jamás... grandes al No mundo, le hacen mal.
Facundo Cabral
un hay más grandes que despedidas regreso No.
gran Ten en que cuenta el amor y los logros grandes grandes riesgos requieren.
Dalai Lama
Cosas un pequeñas hacer grandes cosas, pero No podemos sí con gran amor.
Madre Teresa de Calcuta
Semana 7
Figuras geométricas
Semana 4
1.- al naciones paz la hombres entre el ajeno las entre respeto es derecho como los (B. Juárez.)
2.- sabio un guerra bueno y debe de príncipe huir la (Maquiavelo.)
3.- es naciones la mayor las defensa educación de la (Burke)
4.- nacionales han armas gloria las se de cubierto (I. Zaragoza.)
5.- aquí si hubiera no estuvierais parque (P. M. Anaya.).
6.- son años importa Al final, lo que años no los de vida, sino la vida de los (Abraham Lincoln).
8.- creídos aun cuando digan no la verdad, los mentirosos son (Cicerón).
9.- no modo razón hay nada repartido de más en el mundo que la equitativo (René Descartes).
Semana 3
Imágenes
LA LITERATURA BARROCA EN LA NUEVA ESPAÑA
Mientras avanzaba la Colonia, más específicamente el periodo barroco, las dos Españas, la Vieja y la Nueva tendieron a parecerse más entre sí, pero hubo entre ellas grandes contrastes.
Muchos escritores españoles quisieron venir a las nuevas tierras: el mismo Cervantes solicitó en vano diversos puestos en los reinos de ultramar, el altísimo místico San Juan de la Cruz estaba ya preparando su salida cuando la muerte le cerró el camino, y otros literatos, como Juan de la Cueva, Tirso de Molina y el ingenioso Eugenio de Salazar pasaron algunos años en las nuevas tierras.
A veces algún artista sumaba su presencia permanente a la influencia que sus obras ejercían en la cultura barroca del Nuevo Mundo, sin embargo la expresión literaria novó hispana tiene insuperables exponentes en Carlos de Sigüenza y Góngora, Sor Juana Inés de la Cruz, Bernardo de Balbuena, Juan Ruiz de Alarcón, Francisco Bramón, Miguel de Guevara -michoacano al que se le atribuye el famoso soneto "no me mueve mi Dios para quererte", que no es ni de San Juan de la Cruz, ni de Santa Teresa- y hasta fraile Juan de Torquemada.
Esta rama del más fino arte sé permeó, por supuesto, de todas las delicias del culteranismo y del énfasis de la retórica. Lo que en arquitectura tuvo la apariencia de sinuoso y recargado, en literatura fue erudito y exagerado. Y para ser un gran escritor en esta época - o quizá en todas- no sólo se requería de habilidad sino también de talento. Algunos de los autores conocidos hasta mediados de este siglo incursionaron con éxito en el terreno del los juegos y caprichos literarios - anagramas, emblemas, laberintos, muchos símbolos- y en la poesía lírica, narrativa y dramaturgia.
Algunos de los escritores novó hispanos de aquella época fueron José López Avilés que escribió una biografía en verso de Fraile Payo Enríquez; Matías Bocanegra que alcanzó un grado importante de popularidad por su Canción a la vista de un desengaño y, por supuesto, el sabio de la época: Don Carlos de Sigüenza y Góngora. Este escritor barroco, autor de obras todas ellas notables escribió la célebre Relación de los infortunios de Alonso Ramírez, un relato en género de ficción que estaba prohibido por la Santa Inquisición y la Primavera Indiana, largo poema que abordó a fondo el tema de la Virgen de Guadalupe.
Sin embargo, el personaje más importante de la literatura en aquellos años y en toda la época virreinal - y hasta alguno dicen que en toda la historia de México- fue Sor Juana Inés de la Cruz. Objeto de las más profundas reflexiones, de los más sesudos estudios, de los más encendidos elogios y de las más ardientes polémicas, la figura de la Décima Musa, como la llamaron sus contemporáneos sigue siendo insuperable por la universalidad de su pensamiento, la brillantez de su ingenio, la corrección de su prosa y la magnificencia de su poesía, aunados a un manejo insuperable de lo alegórico y un conocimiento profundo de innumerables materias hicieron una aportación inestimable al mundo de la cultura.
El rasgo quizá más acusado del barroco literario es, quizá, el contraste. Este claroscuro, que en las obras se manifiesta como paradoja, contradicción y utilización de tesis y antítesis, es casi un síntoma inequívoco de la utilización barroca de la lengua: pensemos, por ejemplo en el soneto de Sor Juana Inés de la Cruz: "al que ingrato me deja busco amante, / al que amante me sigue dejo ingrata / constante adoro a quien mi amor maltrata; / maltrato a quien mi amor busca constante", en él, tanto el tema como las palabras usadas son demostración absoluta del uno y su contrario.
El escritor no pretende la originalidad, concepto que ni en el Renacimiento ni el barroco importan como hoy, sino por el contrario, la noción demimesis o imitatio, que en claro español es "parecerse, imitar los modos o los gestos", era muchas veces lo que otorgaba al escritor su buena factura y reputación. Esto garantizaba la erudición y el prestigio del que escribía una obra. En general, el cronista manifiesta sus fuentes y destaca a los autores que influyen en él.
La lírica, era el género más popular de la época, y entre ella, el soneto tiene un lugar especial. También se cultivaron otros géneros, por supuesto: la crónica y el teatro, la disertación y las letras sagradas y otras obras de arte menor.
Los poetas barrocos, con sus argucias, utilizan lo paradójico, lo antitético, lo contradictorio, lo exagerado, lo mitológico, el impacto literario, los efectos tremendistas, las descripciones sorpresivas, la exageración. También hacen juegos y caprichos literarios como anagramas, emblemas, laberintos y símbolos. El gusto por la exageración lleva al artificio o, barrocamente diríamos, viceversa.
Sor Juana Inés de La Cruz
Una de las personas mas representativas del Barroco en México Fue sin duda Sor Juana que debido a su extraordinaria obra poética fue llamada por sus contemporáneos la Décima musa. Entre sus obras se cuentan sonetos, redondillas, romances y liras, cuyos temas básicos son la ciencia, la filosofía y el amor; temas tratados igual con simplicidad y gracia que con excesiva y rebuscada complejidad.
De ella se dice que aprendió a leer a los tres años de edad y que a los siete tenía intenciones de ingresar a la universidad; lo cierto es que debió hacerse monja en 1669 para conseguir una vida alejada del mundo y la limitada posibilidad de aprender todo a lo que su curiosidad la empujaba; profesó en la orden de San Jerónimo en esta Ciudad de México, lugar en donde encontraría la muerte a los cuarenta y cuatro años.
Sor Juana representa la lucha de la mujer y de todo ser humano que quiere hacer valer su derecho a la educación y a la cultura en la misma medida que les es dada a los poderosos, y en su caso, a los hombres; pues es sabido que en su época, las mujeres no podían aspirar a cursar largos estudios como los de una universidad. Los prejuicios y fuertes tradiciones de clase y sexo fueron las principales amarras contra las que luchó por ser libre.
Conocidos son sus versos: Al que ingrato me deja, busco amante; /al que amante me sigue, dejo ingrata; / constante adoro a quien mi amor maltrata; / maltrato a quien mi amor busca constante./
La Décima Musa también es autora de obras en prosa (la famosa Respuesta a Sor Filotea) y teatrales (Los empeños de una casa y Amor es más laberinto. Por lo grandioso de su obra, a Sor Juana se le considera como la mayor representante de la literatura de la colonia y del barroco en nuestro país.
Juan Ruiz de Alarcón
Poco se sabe de la vida de Juan Ruiz de Alarcón. Se cree que nació hacia 1580 en Taxco. Realizó sus primeros estudios en la Ciudad de México y los continuó en la Universidad de Salamanca, España donde obtuvo el titulo de Bachiller. El documento que aquí se exhibe es un testimonio de su grado de bachiller en Cánones y Leyes por la mencionada universidad. Regresa a la Nueva España y se gradúa en Derecho en la Universidad Real y Pontificia.. Regresa a la península ibérica y es nombrado relator del Consejo de Indias (1626), cargo que desempeñó hasta su muerte (1639). Dramaturgo calificado de plagiario por sus contemporáneos. Sin embargo, tenía originalidad. Su obra destacó poco, inclusive permaneció olvidada, porque durante esta época imperaba la obra del "rey del teatro", Lope de Vega, a quien se le atribuyó la autoría de varias obras de Ruiz de Alarcón.
Escribió más de veinte comedias, entre ellas: La verdad sospechosa, obra clásica del teatro del Siglo de Oro español; El examen de maridos y Los favores del mundo. Se le considera uno de los creadores de la comedia de carácter, influido, según algunos especialistas, por su personalidad huraña y poco sociable producto de un defecto físico.
Semana 2
Lectura no. 1
Regla de las tres erres
La regla de las tres erres, también conocida como las tres erres de la ecología o simplemente 3R, es una propuesta sobre hábitos de consumo popularizada por la organización ecologista Greenpeace, que pretende desarrollar hábitos generales responsables como el consumo responsable. Este concepto hace referencia a estrategias para el manejo de residuos que buscan ser más sustentables con el medio ambiente y específicamente dar prioridad a la reducción en el volumen de residuos generados. Se atribuye a Japón la creación de esta idea, que en 2002 introdujo y las Políticas para Establecer una Sociedad Orientada al Reciclaje, llevando a cabo diferentes campañas entre organizaciones civiles y órganos gubernamentales para difundir entre ciudadanos y empresas la idea de las tres erres. Durante la Cumbre del G8 en junio de 2004, el Primer Ministro del Japón, Koizumi Junichiro, presentó la Iniciativa tres erres que busca construir una sociedad orientada hacia el reciclaje. En abril de 2005 se llevó a cabo una asamblea de ministros en la que se discutió con Estados Unidos, Alemania, Francia y otros 20 países la manera en que se puede implementar de manera internacional acciones relacionadas a las tres erres.
Origen de la expresión
Las tres erres, en orden de importancia bioecológica son:
Reducir
Si reducimos el problema, disminuimos el impacto en el medio ambiente. Los problemas de concientización. Habría que solucionarlos empezando por ésta erre. La reducción puede realizarse en 2 niveles: reducción del consumo de bienes o de energía. De hecho, actualmente la producción de energía produce numerosos desechos (desechos nucleares, dióxido de carbono...). El objetivo sería:
§ Reducir o eliminar la cantidad de materiales destinados a un uso único (por ejemplo, los embalajes).
§ Adaptar los aparatos en función de sus necesidades (por ejemplo poner lavadoras y lavavajillas llenos y no a media carga).
§ Reducir pérdidas energéticas o de recursos: de agua, desconexión de aparatos eléctricos en stand by, conducción eficiente, desconectar transformadores, etc.
Ejemplo: reducir la emisión de gases contaminantes, nocivos o tóxicos evitará la intoxicación animal o vegetal del entorno si llega a cotas no nocivas. Países europeos trabajan con una importante política de la reducción, y con el lema: La basura es alimento' (para la tierra)" producen productos sin contaminantes (100% biodegradables), para que cuando acabe su vida útil no tenga impacto en el medio, o éste sea lo más reducido posible.
Reutilizar
Segunda erre más importante, igualmente debido a que también reduce impacto en el medio ambiente, indirectamente. Ésta se basa en reutilizar un objeto para darle una segunda vida útil. Todos los materiales o bienes pueden tener más de una vida útil, bien sea reparándolos para un mismo uso o con imaginación para un uso diferente.
Ejemplos: Utilizar la otra cara de las hojas impresas. Rellenar botellas.
Reciclar
Ésta es la erre más popular debido a que el sistema de consumo actual ha preferido usar envases de materiales reciclables (plásticos y bricks, sobre todo), pero no biodegradables. De esta forma se genera empleo en el proceso.
Ejemplo: El vidrio y la mayoría de plásticos se pueden reciclar calentándolos hasta que se funden, y dándoles una nueva forma. Es como utilizar algo de su principio. En el caso del vidrio en concreto, el ciclo de reciclaje es infinito: de una botella se obtiene otra botella.
Lectura no. 2
La ventanas de las casa de Bertha y Ana
La ventanas de las casa de Bertha y Ana son de hierro. Las ventanas de la casa de Bertha, ubicada en la playa, están oxidadas debido al efecto de la brisa marina, mientras que las de la casa de Ana, ubicada en la montaña, no muestran corrosión alguna. Cada día Bertha siente más la necesidad de instalar ventanas de aluminio en su casa, pero el precio la detiene, pues el aluminio es muy costoso y ella no posee los recursos necesarios para hacer el cambio requerido.
Sin embargo, Bertha está dispuesta a solucionar su problema: tratará de ahorrar el dinero requerido aun cuando tenga que privarse por un tiempo de algunas de sus actividades preferidas (como ir de compras y viajar), además de someterse a un régimen de trabajo más severo para aumentar sus ingresos.
Como Ana no tiene gastos imprevistos con sus ventanas, le ofreció su apoyo a Bertha: le dijo que no temiera, pues si le falta dinero, ella se lo puede facilitar sin ningún interés personal.
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Semana 1
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Cambio climático global
Cristian Frers
El calentamiento global y el cambio climático amenazan a la humanidad en su conjunto, pero sus primeros efectos serán más letales para las comunidades pobres y los países en desarrollo.
El impacto del calentamiento global será más rápido y destructivo de lo que se preveía. Habrá más muertes, enfermedades, hambrunas, sequías, incendios, inundaciones y tornados. Se acelerará la extinción de especies y el deshielo de los glaciares. También será causal del inicio de nuevas guerras, de modificar fronteras y de desencadenar migraciones masivas.
América Latina ya ha experimentado en los últimos años una sucesión de acontecimientos extremos e inéditos.
Con el aumento de las temperaturas registradas, los glaciares andinos se retiran, tendencia que se vuelve crítica en Bolivia, Perú, Colombia y Ecuador. En el terreno de la razón, hay que reflexionar sobre algunas evidencias como:
—Se elevó el dióxido de carbono en la atmósfera a un nivel superior al que hubo en los últimos cientos de años.
—Los hielos eternos han dejado de serlo: se están descongelando.
—La temperatura mundial aumentó a un promedio de 0.6°C por encima de los registros de los últimos siglos.
—Aumentan las lluvias y el impacto de las inundaciones.
El mundo, es decir, el clima y todos los seres vivos, es un sistema cerrado: todo lo que hacemos tiene repercusiones que nos afectarán. Los niños de mañana —y los adultos de hoy— tendrán que aprender a considerar las consecuencias de sus acciones sobre el clima; cuando tomen decisiones como integrantes del gobierno o del sector empresarial o en el ámbito de la vida
privada, deberán tener en cuenta ese sistema. La tarea recién comienza y muchos de los efectos de las variaciones climáticas no se manifestarán sino al cabo de dos o tres generaciones. En el futuro cada uno de nosotros oirá hablar de este problema y deberá vivir con él.
(Adaptación)

